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A Refundação Falhada PDF Versão para impressão Enviar por E-mail
Escrito por Salvatore Cannavó   

Salvatore CannavóSalvatore Cannavó, ex-dirigente da Refundação Comunista italiana e que milita hoje na Sinistra Critica - secção italiana da IV Internacional -, publicou este livro subtitulado "Notas para uma história do Partido da Refundação Comunista". Como foi possível acontecer a derrota que fez desaparecer a esquerda italiana do parlamento em 2008 e o que pode ser feito hoje para a ultrapassar? Lê aqui a versão em castelhano.

 

 

LA REFUNDACIÓN FALLIDA

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Notas para una historia del Partido de la Refundación Comunista (PRC, Partito di Rifondazione Comunista)

Salvatore Cannavò

 

¿Qué hemos hecho para merecer esto?

2008 fue el año en el que la izquierda italiana desapareció del Parlamento, reducida a su mínima expresión, deslavazada, troceada, dispersa. El objetivo de este libro es responder a la pregunta “¿Cómo ha podido suceder?”, qué podríamos haber hecho para impedirlo, qué hemos hecho para mantener en pié una hipótesis de alternativa y, sobre todo, qué podemos hacer para resarcirnos de la derrota, siendo conscientes de que una recuperación así se inscribe en el largo plazo, sin atajos u ocurrencias extemporáneas. Al contrario, es justamente la estrategia de las jugadas geniales, es decir la búsqueda de grandes aperturas a toda costa, lo que ha generado debilidad tras debilidad, conduciendo al callejón sin salida en el que nos encontramos.

El autor de estas líneas ha sido en parte protagonista de los acontecimientos. Esta constatación no sirve para ensalzar un papel al fin y al cabo modesto, sino sólo para advertir a lectores y lectoras de la parcialidad de la reconstrucción y del punto de vista específico que anima este texto. No obstante, el relato de quien ha vivido de primera mano algunos de los pasajes destacados de esta historia puede tener alguna utilidad.

 

Conferencia de Bolonia, ida y vuelta

Que un ciclo política se había cerrado ya estaba claro durante la experiencia del gobierno Prodi, cuando la prueba aportada por la llamada izquierda radical oscilaba entre el ridículo y la incompetencia en una vía pavimentada de fracasos.

Un ciclo político iniciado a finales de los años 80, con la caída del Muro de Berlín en 1989 y la llamada Conferencia “bolognina” del Partido Comunista dirigida por Achille Occhetto, que condujo a la consiguiente fundación del Partito Democratico Della Sinistra (PDS) y del Partito Della Rifondazione Comunista (PRC). Se abrió así una fase que atravesó los años 90, que sufrió un compás de espera, quizás decisivo, en 1998 con la caída del primer gobierno Prodi, y que continuó en los primeros años del nuevo siglo cruzándose con el ascenso y el declive del movimiento “no global” y posteriormente la formación de la coalición de la Unione, que condujo al segundo gobierno Prodi. La formación del PD (Partito Democratico) y el fracaso de la izquierda radical –no solo el PRC, sino también su grupo escindido del PdCI (Partito dei Comunisti Italiani) y los Verdes- han sintetizado el fin de este ciclo político. Los dirigentes de la izquierda no han querido darse cuenta de esta parábola y han buscado su camino como si las coordenadas sociales y políticas, subjetivas y objetivas, de su entorno se hubiesen mantenido inmutables. Como si sus apoyos políticos –derivados de los años de un espacio electoral seguro y de una dialéctica interna del centro-izquierda- no pudieran minarse.

Como veremos, los errores y las cegueras fueron múltiples y de distinta naturaleza. Hubo errores de análisis, como la superficialidad con la que caracterizó el impacto de Berlusconi, quien en 2006, tras cinco años de auténticos desastres sociales y políticos, perdió por tan solo 24.000 votos las elecciones legislativas, cuando todos los sondeos de opinión otorgaban una clara victoria al centro-izquierda. O la superficialidad con la que se analizó la realidad social y las correlaciones de fuerzas entre clases, previendo luego demasiado apresuradamente que una serie de manifestaciones exitosas y la removilización general que caracterizó a Italia entre 2001 y 2003 bastaba para corregir la profunda deriva a la derecha del país. También hubo errores de gestión, auténticos episodios de incompetencia, juicios groseros, enfoques arrogantes e ignorantes. Por lo demás, existen elementos que se refieren a la personalidad humana, a una tipología de personal político seleccionado a lo largo de los años en base a su fidelidad y no a sus cualidades intelectuales. Métodos burocráticos movidos por ambiciones rudimentarias; inclinación al compromiso y a la adaptación a lo existente teorizada en virtud del propio confort personal; pequeños enriquecimientos personales aislados de cualquier análisis político concreto. Todo ello está en la base de un fracaso evidente, de una derrota personal y de un desastre político que afecta a millones de personas y que comprende a decenas de miles de militantes, afiliados y dirigentes de los partidos deslavazados. Nunca nos hemos detenido, y tampoco lo haremos ahora, en la narración de una izquierda dividida entre una cúpula mala, oportunista y claudicante y una base inocente, sentimentalmente generosa y por tanto fácilmente manipulable. Si bien Fausto Bertinotti se ha convertido tras el 13 y el 14 de abril en el responsable número uno del desastre, también fue el dirigente más amado por el “pueblo comunista” durante doce largos años. Fue derrotado en el congreso del PRC de julio de 2008 que, sin embargo, le obsequió con un saludo triunfal y clamoroso, revelando una esquizofrenia que deberá ser analizada incluso con los instrumentos del psicoanálisis. Por tanto, nadie está libre de culpas o responsabilidad. El último giro del PRC, el de 2005 celebrado en el congreso de Venecia, fue garantizado por unos millares de militantes y dirigentes que impugnaron una opción política blandiéndola contra los opositores internos como si se tratara de un arma, sin prestar atención a las heridas infligidas y a los golpes irreversibles propinados a casi la mitad del partido.

Pero los errores no incumben simplemente a los años del gobierno Prodi, a la opción suicida de gobernar la octava potencia capitalista del planeta defendiendo la hipótesis de la superación del capitalismo, la hipótesis fantasiosa de gobiernar un giro a la izquierda junto a hombres como Dini, Mastella o Padoa Shioppa (políticos burgueses centristas, banqueros, ex demócrata cristianos). Si bien esto fue el fin de un ciclo, los errores se sucedieron en él y fueron emblemáticos de sus contradicciones; los dolorosos conflictos se fueron acumulando sin ser jamás seriamente afrontados y, por tanto, nunca resueltos. Se trata de vicios culturales, límites de estrategia política, de la ilusión de una “refundación” que maduraba y crecía en base a la hipótesis abstracta de su autocumplimiento y no sobre resultados concretos, sobre avances al calor de la confrontación social y de la definición de subjetividades consistentes capaces de resistir el paso del tiempo. Se procedió así, lentamente, a la negación de las propias virtudes originarias, al propio acto fundador. En el PRC de Bertinotti se hizo patente una “gran ilusión”, es decir que se construyó una gran burbuja político-especulativa que, como las hipotecas sub-prime, creció sobre si misma y constituyó un espejismo reluciente, una posibilidad fantástica muy subsumida en su pretensión de conjugar los opuestos, de sentarse sobre sus propios conceptos devorándolos y mutándolos según las ocasiones y la oportunidad. Esta ilusión consistió en la pretensión de derribar el estalinismo anidado en las nostalgias sin ajustar cuentas con aquel “material humano” que sufría giros y contragiros sin tener la convicción necesaria para efectuarlos. La pretensión ilustrada, quizás jacobina, de dirigir desde arriba con la fuerza del carisma y la despreocupación de las grandes “jugadas” una comunidad militante que había resistido y estaba dispuesta a una larga travesía pero que, de escisión en escisión, no había guardado el luto de la pérdida, removiendo el shock del 89. Se ha corrido mucho con Rifondazione, de emergencia en emergencia, de elección en elección, de giro en giro, sin detenerse nunca a mirar quiénes éramos en realidad, de dónde veníamos, qué habíamos sido y qué habríamos querido ser. Una política de corta y pega, al estilo del Milán de los 80 bajo Craxi. Del resto, ya sea por la incomparabilidad de historias, trayectorias o móviles, el hundimiento repentino de Rifondazione y de la izquierda radical se asemeja de un modo impresionante a la disolución de esa experiencia. Ningún otro partido en Italia ha pasado tan repentinamente del altar al polvo; ningún grupo dirigente ha caído tan rápida e irremediablemente en el olvido. Salvo, quizás, el PSI (Partido Socialista Italiano), que fue el primero en hacer de la táctica y la maniobra la piedra de toque de su política. Quizás porque, salvando las obvias diferencias reales, ambos proyectos políticos tuvieron que ajustar cuentas con un sistema político dominado por dos grandes bloques, la Democracia Cristiana y el PCI en el caso de Craxi, El Polo y el Olivo en el caso de Rifondazione, debiendo gestionar la difícil condición de vasija de porcelana en una cacharrería. Una condición que ha justificado, dejando de lado las diferencias de contenido, una política “corsaria”, volátil, audaz, veloz. Bertinotti ha gestionado Rifondazione Comunista en la era del bipartidismo italiano, en la que la fuerza de los dos ex partidos de masas se ha subrogado de una ley electoral que ha llevado a la práctica un fingido bipartidismo y que ha constreñido al PRC a llegar a acuerdos con un aliado obligado, el centroizquierda, el Olivo o el PD, pero en cualquier caso incómodo, embarazoso y del todo contranatura en relación con su historia y su razón de ser. De ahí la necesidad de una táctica rápida y desorientadora, despreocupada y hábil: la alianza con el primer Prodi y la ruptura; el giro movimentista y posteriormente el nuevo gobierno; el antiestalinismo y la no violencia. Un collage de tentativas destinadas a sacar al partido de su condición minoritaria y de la tutela de la fracción mayoritaria del viejo PCI, que ha dado vida a la DS y posteriormente al PD. Así, al igual que Craxi tenía necesidad de pasar del 10% del PSI de De Martino a como mínimo el 16-18% (porcentaje jamás alcanzado), el PRC necesitaba pasar del 5-6% históricamente bloqueado a un porcentaje de dos cifras. Por ello se explica el proyecto confuso del Arcobaleno (Arco Iris), la coalición electoral con la que toda la izquierda de gobierno se presentó a las elecciones legislativas de 2008. Un modo de alcanzar respectabilidad bajo el bipartidismo imperfecto al que apuntaban, y siguen apuntando, Berlusconi y el PD; una etapa para limitar los daños e intentar reelaborar una estrategia ganadora. Una necesidad vital que ha alimentado las prisas y la improvisación, una política “acrobática” de una velocidad inaudita.

La analogía podría concluir aquí, habiendo confirmado sendas veces la distancia entre dos fenómenos tan distintos. Sin embargo, hay algo que sigue conectando ambos fenómenos aunque sea en tiempos distintos: hablamos del proceso de descomposición del movimiento obrero italiano que el proceso de degeneración del Partido Socialista contribuyó a iniciar y que la trayectoria de Rifondaziones Comunista percibió sin por ello poder intervenir sobre él.

 

Craxi y el PSI actuaron con voracidad y velocidad en un contexto en el que la derrota madurada a lo largo de los años 70, desde el compromiso histórico hasta la traición pura y simple de los 35 días de la FIAT, modificó el movimiento obrero produciendo un retroceso ideológico desde el punto de vista marxista de la “clase para sí” y de una adhesión embarazosa al neoliberalismo salvaje que se estaba desencadenando bajo la égida de Thatcher-Reagan. Con los años 80 se abre la fase del repliegue, de la disminución de la fuerza de trabajo concentrada en las grandes fábricas, de la externalización -que significa ante todo división y falta de autoreconocimiento y, por tanto, de organización- y se empieza a afirmar el fenómeno de la precarización y la flexibilidad. El PSI desarrolla su estrategia en un contexto en el que el adelgazamiento de la fuerza de obrera y proletaria organizada permitió a sus dirigentes lanzar la consigna “buscaros la vida” dirigida a las jóvenes generaciones confrontadas con las dificultades en la universidad y un mundo del trabajo en rápida mutación. El debilitamiento organizativo y estructural y la crisis ideológica de conjunto permitieron a Craxi surfear sobre ese sujeto interviniendo negativamente sobre su transformación objetiva. Crexi explotó y alimentó la disgregación del movimiento obrero italiano para impulsar su proyecto político (que finalmente fracasó).

 

Esta crisis se revelará posteriormente, de un modo mucho más impactante, serio y devastador, en la crisis y el cambio de nombre del PCI que, diez años más tarde, asume de hecho las indicaciones del PSI y se lanza a la propia mutación genética. Lo hace con el estilo y la altivez de un grupo dirigente formado a base de “pan y Togliatti”; lo hace con el rito debido a la propia trayectoria, con las lágrimas desde el palco y con los enfrentamientos internos en sus filas. Lo hace por el bien del país y del partido, lo hace por la democracia, lo hace mejor que nadie. Pero lo hace. Exactamente igual que, sin los ritos y las pantomimas del 89, había hecho más prosaica y pragmáticamente Craxi a finales de los años 70 con el célebre congreso de Midas o, de nuevo, en 1990 cambiando, en el curso de una reunión de secretariado, el nombre mismo del PSI transformándolo en Unità Socialista.

El PSI será el centinela de un desprendimiento que se convertirá en avalancha a lo largo de los años noventa y del primer decenio del tercer milenio. La “clase obrera” sigue retrocediendo y dividiéndose, se desorienta ideológicamente, pierde su propia identidad y misión. La postideología toma el espacio de la lucha de clases que, sin embargo, continúa del lado de la burguesía, que no deja de actuar en defensa de sus propios intereses a golpe de reestructuraciones, despidos, contrarreformas de las pensiones y del mercado laboral, extensión de la precariedad. El sujeto social de referencia en el curso de los años 90 se vuelve irreconocible, inhallable, no sostenible. Rifondazione Comunista es constreñida a padecer este proceso de descomposición apareciendo ante muchos de estos sectores como el último baluarte, el último bote, aunque dañado, en un mar infestado de tiburones y piratas además de barcos enemigos. Pero, he aquí de nuevo la analogía, el PRC no sabe afrontar esta dificultad, ni tan siquiera la pone en su agenda. Prefiere vivir de las rentas electorales, institucionales y de aparato que el símbolo comunista otorga, alimentando a una pequeña capa de burócratas e institucionalistas que no tienen la cabeza y los ojos puestos en la catástrofe social, sino más bien en el marco político en el que tienen que intentar sobrevivir. Si el PSI contribuyó a producir las ruinas del movimiento obrero, actuando desde fuera de sus vínculos, Rifondazione los remueve o, mejor dicho, surfea sobre ellos. Adopta la “jugada genial” en lugar de dedicarse a la “lenta impaciencia” necesaria para reconstruir realmente. Opta por tacticismos y eclecticismo para sobrevivir a la crisis que le había deparado su propio pasado. Acabó consumiendo improductivamente su propio patrimonio en lugar de reinvertirlo en lo social para intentar engendrar una nueva fuerza. La prueba del fracaso será el progresivo debilitamiento de su base social, la pérdida de vínculos con la sociedad, la marginación en el seno de todos los sindicatos, el languidecimiento de sus propias instancias de base y de su propia vitalidad política, un turnover enorme que verá como centenas de miles de hombres y mujeres se adherirán a Rifondazione para luego abandonar la organización inmediatamente. Poco a poco, lo veremos mejor con el paso de los años y la explosión de contradicciones y antagonismos internos, Rifondazione empieza a perder el sentido mismo de su propia existencia y de su propio desafío, la refundación misma. Y se convierte en el apéndice agotado de una historia que había tocado a su fin, la “gloriosa” historia del PCI italiano que desaparece de la escena dejando en su lugar un partido a la americana y un puñado de residuos.

Pero una subjetividad que no logra entroncar con las propias raíces puede navegar en política durante muchos años, también puede lograr éxitos parciales, pero al final sucumbe con una rapidez inesperada e imprevista. Puede desaparecer de un día para otro y dejar un vago recuerdo de si mismo.

 

La política del surf

La política del surf se constata en la confrontación permanente que ha caracterizado la vida de la cúpula de Rifondazione. El primer secretario, Sergio Garavini, abandonó los trabajos del primer congreso nacional del PRC por sus desencuentros furibundos con Armando Cossutta y nos planteó una segunda convocatoria del congreso, aproximadamente un mes más tarde, para evitar el conflicto. Tras la elección triunfal de Bertinotti a la secretaría sólo nos concedieron diez meses para asistir al choque con el grupo capitaneado por Magri y Crucianelli, que provocó una consistente escisión parlamentaria. Desde entonces y durante tres años, afrontamos la más importante escisión de Cossutta que, sin embargo, había sido precedida un año antes por un sordo enfrentamiento entre ambos líderes del partido en ocasión de la primera crisis del gobierno Prodi. Tras la salida de Cossuta, el nacimiento del movimiento antiglobalización produjo una suerte de guerra interna entre los excosuttianos que se quedaron en el PRC y la mayoría bertinottiana. Posteriormente la montaña rusa del Congreso de Venecia de 2005. Es una erosión constante, un terremoto continuo, en el que no se llega nunca a encontrar un equilibrio estable, un plan de trabajo que se prolongue en el tiempo y no sea alterado por las sacudidas de la crisis política italiana. La crisis generada por el desastre de la DC (Democracia Cristiana) y el PSI y por el cambio de nombre del PCI se vertía sobre Rifondazione comunista, aprovechando su escasa robustez política, programática, organizativa, y la percutía y desgastaba.

Las rentas electorales, la eficacia comunicativa del propio líder, la necesidad que del PRC tenía el centroizquierda, destacando su valor marginal, produjeron una levitación de la cabeza del partido en perjuicio de sus piernas y de sus brazos. Cierto, desde 1991 en adelante el PRC se había podido vanagloriar de una media de cien mil afiliados –con un punto álgido de 150.000 en la fase inicial, debilitándose hasta alcanzar los 110.000 de 1998 hasta descender por debajo de los cien mil tras la escisión cossuttiana- pero no se detuvo nunca a reflexionar sobre la amplitud del turnover, estimado en más del 20% de los afiliados. Una “masa crítica” que no ha encontrado instrumentos y estructuras para actuar eficazmente, para participar con convicción, para coagular un pensamiento político homogéneo. Los jóvenes irrumpieron con el movimiento antiglobalización, aunque tan sólo pocos años después iniciaron un proceso de pasivización y de delegación. Sin tener un rol relevante en el grupo dirigente no comportaron una fuerza propulsiva.

La dialéctica interna, la articulación de posiciones, el ritmo en el trabajo político era aportado substancialmente cuando se generaba desde del grupo dirigente y el aparato central. En los inicios soplaba el viento de la renovación y de la democratización exigido e impuesto por la base. De hecho, en los primeros tres congresos los comités políticos federales y el Comité Nacional fueron elegidos de modo que se respetara las indicaciones territoriales. La primera secretaría nacional, que se llamó Grupo Operativo Nacional, fue elegida con el voto específico de cada un@ de sus miembros y no en una lista cerrada, miembros que tenían la obligación de superar el 50% de los apoyos –norma que quemó a alguna gente, como veremos. A mí personalmente me tocó presentar una posición minoritaria en el congreso de 1996 y ser elegido de todos modos al Comité Político Federal de mi ciudad (en este caso Milán) subvirtiendo las consignas de la dirección local.

Poco a poco las funciones se fueron delegando hacia arriba, los dirigentes nacionales y locales conquistaron un papel preponderante, a menudo se mezclaron también con cargos institucionales. El centro de gravedad se aposentó establemente en el Viale del Policlínico (sede nacional de PRC en Roma), salvo contradicciones o contratendencias parciales. La desgracia es que el aparato central sabía poco o nada sobre cómo dirigir una intervención política de masas. No solo por incapacidad individual sino porque, en la fase de crisis aguda del movimiento obrero, una intervención de esa naturaleza tenía necesidad ante todo de pensamiento, de energías colectivas, de elaboración, de experimentación, de verificación sobre el terreno. De un centro de gravedad colocado, no en las instituciones, sino en la perspectiva de un cambio de sociedad. Y de resultados no mensurables en lo inmediato, sino alcanzables a medio plazo. En fin, tenía necesidad de esfuerzo a menudo no recompensado. Las cosas no podían limitarse a la esfera electoral. En el PRC se creó en cambio una expectativa de carrera que veía en el cargo de partido el viático para un cargo institucional y, por tanto, la conquista de una gratificación, de una renta personal por la cual era legítimo conformarse y adaptarse. Era un móvil de la acción, del todo comprensible, pero ante el cual no se imaginaron contramedidas o resistencias.

Este modelo tardó en afirmarse y la fase del último giro gubernamental contribuyó a institucionalizarlo. Esto también provocó, como reacción, un lento abandono de la militancia que, lentamente, se fue convirtiendo en un bastión de los sectores tradicionalistas –se está pensando en los pocos y entregados difusores de Liberazione.

En el fondo había, pues, un problema fundamental de cultura política y de horizonte estratégico. A pesar de las contorsiones, los giros, los choques, las renovaciones auspiciadas, el llamamiento a superar los obstáculos a base de denuedo, Rifondazione nunca dejó de ser, a grandes rasgos, un partido de concepción neo-togliattiana. Una estribación de la historia del PCI que había acabado fagocitando la tentativa de construir un nuevo inicio. Una agregación en la que la vocación del compromiso social –en este sentido toglattiano- se ha impuesto sobre esos elementos de liberación, sobre la radicalidad revolucionaria que, a pesar de los pesares, ha existido aunque a menudo fuera sólo en la virtualidad del discurso. Pero esta vocación ha contradicho, de hecho, la naturaleza del gesto originario que hablaba de una ruptura semántica con la continuidad histórica y tenía necesidad, para verificarse, de declinar con esbeltez una vasta serie de discontinuidades.

En cambio, el PRC nunca logró pasar realmente de la fase de la simple “resistencia” la la de la “reconstrucción” de una fuerza capaz de volver a poner a la orden del día la transformación social.

Y así vivió continuas alteraciones, cambios repentidos de línea política, tacticismos extremos, apasionamientos teóricos que duraban menos que la primavera. Un cuerpo traqueteado, a veces no consciente, a menudo incapaz de preparar una contratendencia. La continuidad necesitaba de pensamiento crítico e innovador, pero en el curso de su vida el PRC nunca llegó a celebrar una Conferencia programática que no fuera la simple presentación de un programa electoral. Y necesitaba escandalizar la propia historia para reencontrar una identidad adecuada, mientras que cuando el escándalo se alcanzó finalmente, “comunismo contra estalinismo”, rápidamente fue utilizado para acceder al gobierno del país. Así pues, se obtuvo el efecto contrario: la identidad comunista se convirtió en el único cemento para resistir en el tiempo. Pero al no ser declinada en los nuevos tiempos, no siendo iluminada por el presente para recuperar sus razones internas, incluídas las de los vencidos, al no ser ya identificada con la irreductibilidad de la oposición a los dos grandes polos, esa identidad se convirtió en un simulacro. La crisis de Rifondazione, sus últimos avatares, las últimas escisiones y la marcha de su dirigente más importante en todos esos años acabaron constituyendo el último acto de este drama y de la trayectoria que se inició con el giro de Occhetto de 1989. Allí se decidía la integración definitiva, y simbólicamente comprometedora, del PCI en el sistema político italiano, su adhesión al marco básico y la cancelación de su “diversidad”. Un viaje iniciado muchos decenios antes, caracterizado por los grandes giros orquestados bajo la enseña del “compromiso”: el de Togliatti del 45, el “histórico” de Berlinguer del 1973, el fisiológico de Occhetto y sucesores de los años 90. Incluso el núcleo político del pensamiento bertinottiano puede identificarse con el sustantivo “compromiso”, aunque fuera “dinámico”, dada la audacia lógica del ex secretario de Rifondazione. Durante muchos años, el PRC ha intentado liberarse del viento homologador que lo empujaba a sus espaldas. Ha intentado contornear el flujo de derrotas y rencores que le había deparado la desaparición del mayor partido comunista de Europa. En esto ha conservado su propia vitalidad y la propia verdad. Ha vislumbrado caminos diversos pero no los ha embocado. Ha utilizado lenguajes extraños a esa tradición –el zapatismo, el radicalismo no-global, el ecologismo, incluso ha alcanzado una cierta conciencia crítica y herética de la historia comunista- pero ha sido puntualmente fagocitado por lo fundamental de su pensamiento político. La jugada del gobierno ha sido fatal.

Este límite se hace patente incluso en ausencia de un verdadero debate cultural. Los intelectuales han votado por Rifondazione, la han amado, la han apoyado. Nunca ha faltado el llamamiento electoral prestigioso y se han celebrado convenciones ad hoc en más de una ocasión. Pero en más de quince años de vida, Rifondazione no ha sabido editar una revista cultural y teórica, no ha habido ninguna editorial de referencia, no ha conseguido arrancar jamás un comité científico, no ha conseguido organizar el debate más que de un modo episódico y coyuntural.

El indicador de una asfixia cultural constantemente edulcorada por las dotes del secretario, que ha sido más bien prolífico en el plano de la producción de libros (aunque siempre bajo la forma de entrevistas y nunca en formato de ensayo orgánico).

¿Era posible hacer otra cosa? ¿Era posible otro camino? Dada la descomposición de la subjetividad de clase que ha tenido lugar en Italia durante los último veinte-treinta años, también se podría decir que no. Y será importante, con los instrumentos que aporta la historia y las reflexiones más destacadas, entender verdaderamente cuanto de la historia comunista de nuestro país podía operar realmente una discontinuidad en curso, una ruptura lógica con el propio curso y, por consiguiente, con el propio rostro. En qué medida, en suma, el comunismo italiano, tanto ortodoxo como heterodoxo, era capaz de hallar un “nuevo inicio”. En su último libro, Fausto Bertinotti –volveremos sobre ello en el último capítulo- liga la imposibilidad de este recorrido con la derrota sufrida en Praga en el 68 y con la incapacidad del entonces movimiento comunista y del nuevo movimiento de masas de romper por la izquierda con el estalinismo (si bien alguno, en medio del escarnio general, lo intentara). Como intentaremos argumentar a continuación, pensamos en cambio que era posible mantener en pié la evocación refundadora o que, a partir de la masa crítica ganada mediante su existencia, era posible un nuevo proyecto capaz de fusionar el marxismo crítico y la nueva lucha de clases. Hoy circulan tesis y lecturas que contradicen radicalmente esta posibilidad, apuntando como vía de salida a la crisis, no solo la ruptura con el tronco comunista, sino incluso la desaparición de la idea misma de izquierda. Una hipótesis sugerente en el plano polémico pero abstracta y no interesante en el plano de las hipótesis políticas.

En lo que a mí respecta, he amado y he odiado a Rifondazione. Hablo de la Rifondazione que he conocido desde 1991 hasta finales de 2007, cuando la abandoné. He amado sus potencialidades, el fragmento de futuro que vislumbró, su capacidad de resistencia, su condición de puntal para una crítica constante de lo existente. He odiado su continuismo, sus jerarquías, sus ritos, sus burocratismos, la violencia verbal ejercida sobre sí misma y sus militantes, su culto al líder.

Al escribir este libro no he pretendido vestir los hábitos, improbables e imposibles, de historiador más o menos preparado. Sino que he mantenido los del político dotado de pasión periodística, recorriendo una crónica de casi veinte años para fijar, sobre todo en el tiempo y en el espacio, una historia que, todavía hoy, representa el episodio más largo de mi trayectoria política.

Formo parte de una generación intermedia que ha llegado demasiado tarde y demasiado temprano. Demasiado tarde para vivir la rebelión de los años 70 y el protagonismo social y cívico que aquel decenio ha aportado a más de una generación. Y demasiado temprano para vivir, de joven, con la mirada desmemoriada, la reanudación del conflicto y de la experiencia que ha agitado a una parte considerable del mundo entre 1999 y 2004. “Nuestro tiempo ha pasado y nosotros no estábamos” es la verdad que me constataba con ironía un excolega, y compañero, de Liberazione (diario del PRC). Una afirmación amarga que ayuda a comprender mi relación con este partido. Rifondazione ha representado la ocasión real, concreta, de dar sentido y fuerza a una posibilidad subjetiva: crear un puente entre el pasado y el futuro. En parte lo ha hecho, ha organizado un vínculo político, emotivo y militante entre las generaciones políticas destinadas a vivir en el siglo XXI y la crecida en el novecento. Para quien en el 77 tenía trece años y en el 2001 en Génova tenía casi cuarenta, Rifundazione ha representado el espacio en el que se ha condensado una vocación de rebelión. Pero la ocasión se ha perdido y estamos hoy aquí, en plena grave crisis de la izquierda de clase, imaginando caminos e ideas para remontar la pendiente.

Hoy quizás ya no sirven puentes, a no ser que se hable en el plano cultural o ideal. La salida de la onda larga del siglo XX y de la historia fracasada de su izquierda sólo tendrá lugar en mar abierto; el agotamiento de las energías intelectuales y militantes que nos han precedido es muy grande. No se trata de teorizar la positividad de la tabla rasa, sino de ajustar las cuentas dramáticamente con la devastación que han dejado los puentes que han quemado a nuestras espaldas.

Se necesitará tiempo y capacidad de lenguaje inédito, pero también, seguimos creyendo, capacidad de mantener intactos algunos lazos con la historia y la memoria aunque sólo sea para retomar la exhortación benjaminiana de una historia “redentora”. Redentora de las razones de quienes antes que nosotros han librado una batalla y han perdido. De quien nos “ha esperado bajo tierra” para que, con la antorcha del presente, reaviváramos las imágenes de un pasado que todavía esperan ser rememoradas.

 

Se podía

En la introducción y, esperamos, en la crónica de estos dieciséis años, hemos intentado seguir el hilo de nuestra tesis, obviamente parcial y partidista, pero enraizada en las observaciones directas e indirectas de los hechos. La refundación se ha malogrado porque el PRC ha vivido agitándose en la estela tumultuosa dejada por la disolución del PCI. Cuando ha intentado desengancharse de esa historia, en realidad se ha referido a un solo movimiento, ha formulado una hipótesis sin sostenerla. Rifondazione tiene el mérito histórico de haber dado vida a una resistencia a la corriente de pensamiento dominante, al air du temps, que dirían los franceses. Decir “no” en la Bolognina a la disolución del PCI y al nacimiento del PDS ha representado una subversión moral y política en un contexto de homologación que venía de lejos, una plataforma política en tan solo dos letras. En sus años de vida la resistencia ha sido un rasgo dominante, puesto que la tentación de tirar al niño con el agua sucia se ha mantenido en el tiempo con la ofensiva contra “los comunistas” y el dominio de un bipartidismo normalizador e intolerante. Una presión constante a la que Rifondazione se ha opuesto y resistido, contra la que ha reaccionado durante mucho tiempo. Pero al final ha vencido, plegando la alteridad y la deformidad a un sistema político en crisis. La resistencia se ha roto y ha sido barrida. La uniformización se ha impuesto y ha sido desastrosa. En este sentido, el ciclo se ha cerrado, la Bolognina se ha recuperado simbólicamente con la adopción del segundo gobierno Prodi y luego con la hipótesis de la “superación del comunismo” y su “impronunciabilidad” hacia una izquierda nueva, democrática y genéricamente alternativa. Pero, sobre todo, se ha resarcido del fracaso de la hipótesis refundadora, por la vacuidad de la alternativa política y de un pensamiento consecuente, que en más de quince años nunca ha emergido ni se ha sistematizado.

 

En su libro-entrevista “Devi augurarti che la strada sia lunga” (Ponte alle Grazie, 2009), Fausto Bertinotti admite una derrota que atribuye a la larga crisis del movimiento obrero en la que Rifondazione Comunista ha sido aplastada. Primero perdimos, dice Bertinotti, cuando en el 68 Praga se quedó sola. “Con nuesta búsqueda a la izquierda, con nuestra tentativa de refundación, hemos dilatado más allá del tiempo que lo justificaba históricamente una experiencia interna a los partidos comunistas y a los partidos de la izquierda anticapitalista tal como los hemos heredado del siglo XX. Hemos prolongado una fase histórica que no obstante ya se había acabado”. “La reformabilidad real del novecento cerrada con la Primavera de Praga […] Allí empieza en Europa la crisis de una izquierda que no sabe aprovechar la ocasión dramática para reposicionarse proponiendo una salida de izquierdas al estalinismo”. “Praga no fue abandonada sólo por el PCI, sino también por el movimiento del 68 […] Entonces tenían la mirada demasiado puesta en Oriente, en la China de Mao y no reconocieron como hermanos en libertad a los jóvenes de Praga”. Y sigue: “La caída del Muro de Berlín era solo la manifestación, la epifanía, de lo que ya se había anunciado con la Primavera de Praga. El fin de un ciclo”. Bertinotti sostiene que el 68 agota la reformabilidad del comunismo, “es el fin del movimiento comunista como fusión entre el conflicto de clase y la teoría marxista leninista”. Así pues, ¿fue Rifondazione una gran ilusión?, preguntan Ritanna Armeni y Rina Gagliardi, coautoras del libro. “No, responde Bertinotti, pero hoy me doy cuenta de hasta qué punto fue audaz, acrobática, esta operación, hasta qué punto contribuyó a apuntar más allá de su tiempo natural, históricamente dado, los problemas dramáticos que se planteaban a finales del siglo pasado […] No nos hemos sentido, como partido, en condiciones de dar un paso extremo que condujera a la organización de una política que fuera decididamente más allá de la tradición comunista, algo que nos permitiera superar el impasse en el que nos econtrábamos”.

El epitafio de Bertinotti no deja de aportar algunas verdades. Ciertamente la “cuestión comunista” enlazaba con el abandono de Praga por parte de la izquierda comunista e incluso por parte de las nuevas subjetividades políticas que, por ejemplo en Italia, nacieron en el 68 y se pusieron en marcha hacia la entonces luminosa Revolución Cultural china. Un apasionamiento que todavía no ha alentado críticas póstumas entre otras cosas porque muchos de esos dirigentes se acomodaron a las cumbres del sistema. Y, por lo demás, la invasión de Hungría por los soviéticos y la represión de un levantamiento en buena medida obrero ya había sido una ocasión perdida. Incluso después de Praga, la Polonia de Solidarnosc bajo la cual Berlinguer lanzará su “ruptura”, ya no para refundar sino para declarar “agotada la fuerza propulsora de la Revolución de Octubre”. Es pues cierto que los años 70 y 80 constituyeron una lenta aclimatación a la crisis del comunismo y, a su vez, una lenta resignación a su derrota. El 89 pilló a todo el mundo por sorpresa, pero era ciertamente sólo la “epifanía” de un movimiento ya iniciado. También es cierto que aquella aclimatación resignada desgastó a un cuerpo político compuesto de centenares de miles de militantes, entre ellos a muchos de la “Nueva Izquierda” o del archipiélago movimentista, que esperaban una señal de vitalidad, una sacudida, una reacción. Y, en cambio, el declive de un comunismo que no se renovaba y que no se “reformaba” albergaba un agotamiento de ideas, lenguajes y voluntades de cambiar el mundo que hipotecaba cualquier hipótesis futura. Occhetto y su grupo dirigente más próximo debía de estar pensando en esto cuando decidió que era mejor reducir los vínculos con la propia historia y la propia identidad “superándola”.

Pero la capacidad de un tercio del PCI y la voluntad de abordar los contenidos de la “refundación” constituían un muro de contención defensivo para encarar un nuevo inicio. El nacimiento de Rifondazione Comunista fue en sí mismo una salida por la izquierda y constituía una tentativa de solucionar el problema. Optando por la “refundación” para dar vida a esta empresa, esa vuelta a empezar da por posible una reflexión que parte de la irreformabilidad de la historia pasada y que no quiere desembarazarse de las potencialidades que todavía brotaban de una concepción marxista del mundo. Está claro que en el momento de su nacimiento el PRC había visto convivir, y combatirse, fuerzas partidarias de revivir la historia con otras deseosas de reexaminarla totalmente, por mucho que éstas últimas fueran frágiles y modestas. Incluso la confluencia de Democrazia Proletaria, en su congreso de disolución, no estuvo a la altura de las necesidades, entragándose con las manos atadas a los grupos dirigentes que procedían del PCI –unos con Garavani, otros con Cossutta- más que imponiendo un punto de vista alternativo. Pero el acontecimiento político generado por el nacimiento de Rifondazione Comunista fue el inicio de un proceso cuya única trayectoria vivificante coincidía justamente en la puesta en cuestión de la historia comunista.

 

La virtud originaria

Que el PCI se había convertido ya en un partido de cuño socialdemócrata –por usar una generalización corriente: en realidad, el PCI fue realmente una anomalía y su reformismo, su enorme moderación, se planteó desde en un plano distinto del de la historia de la socialdemocracia europea- en los años ochenta lo sabían hasta las piedras. En este sentido aquel partido podía tener a su disposición –y era ésta la orientación de fondo de los dirigentes del No, de Ingrao a Tortorella, de Magri a Cossutta- una solución de salida de la crisis que “democratizase” la identidad comunista en el marco de un reformismo de matriz toglattiana que no renegara del pasado. En fin, el PCI podía seguir existiendo como partido comunista reformista plenamente insertado en el marco político italiano y no es por casualidad que, tras el nacimiento del PDS, existiera en su seno, animada por el propio Ingrao y Tortorella, una componente minoritaria llamada “comunistas democráticos”.

Pero en el momento en el que nació un movimiento de resistencia al giro occhettiano que empujaba hasta la escisión y al nacimiento de un nuevo partido, y en el momento en el que son derrotadas las tentativas de mantener en vida un cordón umbilical con el PDS, por ejemplo el “pacto federativo” propuesto por Cossutta, la nueva criatura tuvo que profundizar su carácter de absoluta alteridad si realmente quería vivir. Y, por tanto, no agotar la propia identidad en un “reformismo de retorno” similar a ese del que se había escindido. Lo demuestra, por ejemplo, la reacción que Rifondazione tuvo ante la escisión cossuttiana, compensada tan solo gracias al redescubrimiento del conflicto y de los movimientos sociales, de la categoría “revolución” y de la hipótesis del “comunismo contra el estalinismo” contenidas en las tesis congresuales de 2002. Lo demuestra la eficacia y el dinamismo contenido en la teoría de las “dos izquierdas” ideada por Bertinotti y a la que, no por casualidad, siempre se opuso silenciosamente Cossutta. Lo demuestra, si es que podemos afirmarlo al ser parte concernida del asunto, el hecho de que Rifondazione siempre ha reaccionado inmediatamente y con una progresión vencedora a las importantes escisiones de derechas –la del 95 obra del grupo ex PDUP (Partito di Unità Proletaria) y la del 98 obra de Cossutta-, mientras que se ha encerrado sobre sí misma tras las dos pequeñas escisiones de izquierda: la del PCL (Partito Comunista dei Lavoratori) de Ferrando en 2006 y la de Sinistra Critica en 2007. Ciertamente, no por la eficacia de estas dos pequeñas organizaciones, sino por la evidente desnaturalización del propio “objeto social”. Una refundación comunista no podía más que oponerse al capitalismo y a sus gestores, centroizquierda incluida; ser revolucionaria, en el sentido de redescubrir el patrimonio olvidado de la historia del movimiento obrero; ser democrática, en el sentido de la participación desde abajo y del protagonismo de sus afialiados. En cambio, no se podía “refundar” caminando con la cabeza vuelta hacia el pasado, volviendo a contemplar los tiempos que ya se fueron y esforzándose en volver a proyectarlos sobre una nueva fase.

Obviamente, la fase inicial tampoco estuvo sólo iluminada por un halo heróico. Rifondazione nació bajo un empuje emotivo y dramático, la determinación de miles, decentenares de miles de comunistas italian@s de no rendirse ante el giro occhettiano. Si se repasa ese pasaje de la historia se ve claramente cuanta pasión y pathos entró en el campo de la política. Y si se reexaminan los acontecimientos iniciales del recorrido del PRC se percibe hasta qué punto ese sustrato fue decisivo al empujar hacia la empresa refundadora. Como explica Simone Bertolino en su “Rifondazione comunista, storia e organizzazione” (Il Mulino, 2004), el PRC se configura como un “sistema de solidaridad” con miras a defender la identidad comunista y sus símbolos. Y, al menos a nivel de base, “la organización se estructura a través de las dimensiones del orden y de la comunidad y, por ello, sobre dos tipos de participación combinadas entre sí: el movimiento social, fundado en el entusiasmo colectivo por el nacimiento de una nueva subjetividad portadora de valores de transformación […] y la subcultura fundada sobre la continuidad de un sistema de relaciones cerrado en defensa de una identidad amenazada por los acontecimientos externos”. La definición es interesante, ya que consigue enmarcar el acto de nacimiento de Rifondazione en la realidad de su composición material y humana, en el contexto de las esperanzas, de las motivaciones que mueven a más de cien mil personas a sacar su carnet del Movimiento por la Refundación Comunista en 1991.

Pero, a su vez, esa adhesión emotiva, entusiasta o comunitaria, que se perpetuará en el tiempo constituirá una masa de afiliación hasta cierto punto inerte y bastante distinta de la que arrancó el proceso político que dió vida al PRC. Por ejemplo, el núcleo duro de estos miembros jugó un papel durante la última fase de vida del PCI, en los umbrales del XX congreso, el de la disolución o del cambio de nombre. Consiguió romper las demoras de los grupos dirigentes e imponer la opción de la escisión. Hace bien Alessandro Valentín en su “La Vecchia talpa e l’Araba fenice” (La Città del Sole, 2000) en remarcar la centralidad de los Comités por la refundación comunista a la hora de empujar a Armando Cossuta a cortar el hilo que todavía lo ataba a la vieja familia en dirección de la escisión y del nacimiento de un nuevo sujeto político. Hace bien porque ese episodio hace evidente un protagonismo de la base, una determinación política que constituirá gran parte de la vida inicial del PRC, aunque fuera embotellada rápidamente en las disputas de las cúpulas y de los acomodos que se iniciarán justo después de su primer gran éxito electoral de 1992. Así pues, una comunidad identitaria, nostálgica, que no por causalidad conocerá un papel importante de los jubilados en la composición interna de la afiliación (la categoría más relevante, aproximadamente el 30%, según los estudios de Bertolino), pero que a su vez tiene recursos políticos y consigue tener un impacto considerable. En el curso de su primera fase de vida, el PRC estuvo en condiciones de estar presente en la movilización obrera que se produjo en respuesta a la política de la concertación practicada por la CGIL, la CISL y la UIL. Y, posteriormente, tras la escisión de Cossutta y de una fase muy crítica desde el punto de vista electoral y organizativo, logró jugar un papel decisivo en la fase de los movimientos que va de 2001 a 2003.

En fin, nuestra tesis es que Rifondazione, por efecto de su propio nacimiento, por la verdad interna que incorporaba, podía producir la discontinuidad necesaria, contradecir la lenta resignación y la lenta adaptación que habían caracterizado los últimos diez o quince años de la historia del PCI.

 

Navegando a contraviento

Podía, por ejemplo, asumir de lleno su primer eslogan, ese “Corazón de la oposición” que muy pronto -como hemos visto, ya a finales del 93- es sacrificado en los altares del gobierno. Rifondazione podía hacer de la oposición una opción estratégica y de largo aliento, no tanto para fundar una política sectaria y tosca, sino observando con sus propios ojos la crisis del movimiento obrero. Entendiendo que venía de lejos y los tipos de intervención exigía a medio plazo. Teorizar la oposición como política de fondo significaba, y sigue significando, teorizar la reconstrucción de una subjetividad en el corazón del conflicto, en el cuerpo a cuerpo, y no moviendo las palancas del poder. Significaba, y sigue significando, esbozar una estrategia política de conquista de posiciones y de avances sobre el terreno fuera del marco político dominante. Sin teorizar, obviamente, su neutralidad. Por lo demás, en su primera prueba gubernamental, el PRC consiguió mantener una línea teórica –aunque fuera neutralizándola de facto con la aprobación de los presupuestos, con el paquete Treu de medidas económicas y otras lindeces por el estilo- de separación de los ejecutivos y su alteridad respecto al centro-izquierda italiano, el Olivo. Señal de una dificultad para disolverse en el marco del centro-izquierda y en una hipótesis de mantenimiento absoluto de la propia autonomía política que explica la ruptura con Prodi en 1998.

Un elogio de la oposición no habría significado automáticamente desentenderse de la cuestión de las derechas y de su peligrosidad, sino que, mediante rechazos y acuerdos técnicos, habría podido ganar en credibilidad. Pero, más allá de los avatares electorales, habría podido situar la cabeza y el centro de gravedad del partido en un lugar distinto de las instituciones y los órganos internos, más en contacto con el problema de una recomposición de clase que, debido a su especificidad, requería, y requiere, un análisis y unos saberes políticos y praxiológicos que Rifondazione no ha tenido o que sólo ha tenido a destellos. Y cuando empezaba a intentarlo en el curso de 1995 maduró un enfrentamiento claro con el resto de la izquierda, la que “se traga los sapos”, si bien posteriormente, la credibilidad acumulada fue dilapidada en los altares del gobierno Prodi.

Rifondazione podía profundizar el acto originario, el No gritado a Occhetto y la consiguiente escisión fundacional, para indagar en una orientación política de largo aliento que rediscutiera sobre la estrategia de fondo de la hipótesis comunista para los nuevos tiempos. El horizonte de la “superación del capitalismo” –la formulación parcial que todavía hoy se mantiene en los estatutos del PRC- en realidad nunca se profundizó realmente. ¿Superar en qué dirección, cómo y con qué medios, para qué? La discusión era dura y difícil, pero era la única que habría permitido colocar las divergencias de fondo en un plano de perspectiva política y comprender si verdaderamente el PRC era un partido consagrado a la “superación del capitalismo” en un futuro remoto y soñado o, en cambio, se hacía de este objetivo un programa en el que inspirar las opciones concretas del hoy, la línea política, su posicionamiento sobre el terreno. De hecho, el debate sobre la cuestión del poder del Estado no se abordó entonces, para ser reintroducido posteriormente en el contexto de la discusión sobre la noviolencia y la ruptura con el estalinismo. Pero se hizo de un modo totalmente abstracto que no ha permitido una dialéctica eficaz en un debate concebido para tomar partido por la nueva teoría sostenida por Bertinotti o, al contrario, por una ortodoxia leniniana de improblable coherencia.

Aquí se manifiesta de nuevo otro límite, anunciador de las implosiones sucesivas. Las “familias” políticas que han animado Rifondazione no se han amalgamado o contaminado mutuamente sobre la base de un proceso de elaboración innovador. Estas familias se pueden identificar en dos grandes capas mayoritarias y en dos ámbitos más restringidos. Los dos grupos mayoritarios provienen de la historia del PCI y son el “cossuttismo” con sus varias articulaciones internas (como hemos visto en algunas reconstrucciones del libro) y un filón más complejo, fruto de síntesis subjetivas entre ingraismo y berlinguerismo que a la larga tomará el nombre de bertinottismo. Luego está la “familia” demoproletaria, también ésta compuesta de estratos diversos, limitada a grupos dirigentes reducidos pero que ha mantenido su influencia hasta conquistar la secretaría del PRC con Paolo Ferrero. Y luego la tradición trotskista, incapaz de unirse, que durante el último congreso en el que tomó parte se materializó en tres plataformas, la de Malabarba, la de Ferrando y la de Falce e Martello, la única de las tres componentes que ha permanecido en Rifondazione. La falta de mestizaje se ha demostrado por la salida final: en el momento de la implosión, todas las familias han reconquistado su propia autonomía, incluso organizativa. El área bertinottiana salida del PRC ha dado vida a Sinistra e Libertà; Ferrando al PCL; Malabarba, quien escribe y otros a Sinistra Crítica; el área demoproletaria y el viejo cossuttismo de izquierda dirigen lo que queda del PRC.

 

Refundación también podía construir una nueva relación con la sociedad, no determinada exclusivamente por la representación electoral. El V congreso intentó representar una anomalía con la tan subrayada (Tesis congresual n.34) “necesidad de operar un desplazamiento desde el nivel del Estado, de las instituciones, hacia una dinámica de las fuerzas sociales, de movimiento y de luchas de masas […] fuera de los vínculos históricos, por lo demás importantes, como el togliattiano”. La indicación nunca dejó de ser, en el sentido más estricto del término, papel mojado. El PRC se configuró, organizó y jerarquizó exclusivamente en función de las elecciones y en relación con éstas se activaba, conducía las confrontaciones internas, sancionaba sus giros politicos. Las elecciones, el número de votos y la capacidad de jugar un papel institucional han constituido la gran mayoría de las preocupaciones de sus equipos dirigentes. De este modo se ha plasmado a sí mismo, de un modo totalmente natural y con buena fe. Ya que si el objetivo era la presencia institucional, el puro crecimiento electoral, entonces era totalmente natural que a la larga las secciones y círculos se convirtieran en comités electorales; que los dirigentes locales encontraran un horizonte de carrera en las instituciones; que la superviviencia económica dependiera de la financiación pública; que los movimientos en el accionar de los grupos dirigentes absorbieran la dimensión institucional como algo totalizante; que el peso de las alianzas, ante leyes electorales antidemocráticas, adquiriera una dimensión excesiva; que la intervención en la sociedad se viviera como algo instrumental; que frente a la autoorganización de los sujetos sociales se antepusiera siempre la organización del partido. Sobre este punto el PRC tenía la posibilidad de llevar a cabo una innovación profunda en la cultura política de la izquierda italiana, en la que la autonomía de los movimientos de masas, su posibilidad de organizarse a partir de su propia realidad y de sus propias necesidades siempre se ha sacrificado a las necesidades de las organizaciones dominantes, ya fueran partidos, sindicatos u asociaciones. Las dos únicas experiencias que constituyeron un contrapunto tuvieron lugar en el movimiento obrero, con la realidad de los Consejos, que observó en el bienio 1919-1920 un esperanzado Gramsci como fundamento de una subjetividad obrera soberana y los del 68-69 que dieron vida a una época de gran protagonismo social. Pero si bien el “Bienio rojo” no tuvo a su alcance la referencia de un partido comunista –que no nacerá hasta 1921- y deberá compensar las indecisiones del partido socialista, el Movimiento de los Consejos que nació durante el Autonno caldo (otoño caliente) italiano fue lentamente fagocitado por la cúpula de la CGIL y por la orientación imprimida al comunismo italiano por Togliatti, quien veía en el “partito nuevo” a un animal omnívoro, síntesis de todo movimiento y de cualquier sobresalto de la sociedad y que no era capaz de concebir la hipótesis de que ésta se estructurase autónomamente. Un partido totalmente distante de aquel “todo el poder a los soviets” que animaba la Revolución de Octubre del 17 y que profundizaba las propias razones en otra afirmación, esta vez contenida en el manifiesto fundacional de la Primera Internacional, redactado por Marx, según el cual “la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos”. Este nudo central ha sido en gran medida olvidado en las elaboraciones de la izquierda marxista y ha sufrido una desnaturalización de los términos provocada por el glacis estalinista, que se apoderará de Octubre cancelándolo y exaltará el leninismo humillándolo. El “papel dirigente” del partido que Lenin imaginaba como instrumento de lucha en el seno de estructuras autodirigidas por la clase obrera se traduce en la vulgata estaliniana en la infalibilidad del jefe, emulando la infalibilidad del Papa en la Iglesia Católica Apostólica y Romana. Y el papel del partido en los movimientos de masas osciló entre su pretendida hegemonía, que en desprecio de Gramsci se convirtió en arrogancia, y la instrumentalización con fines electorales. Cuando opta por consagrarse a los movimientos de masas y en particular al movimiento altermundialista, Rifondazione pareció querer dar la idea de una salida de izquierda desde un marco trasnochado y corrompido por sus propios errores. En el Foro Social el PRC se presentó “en iguales condiciones” que otros movimientos, pero lo hizo forzando la realidad –no era igual- y sin ninguna cultura del principio de la autoorganización de masas. No es casualidad que, si bien esta experiencia no logró generar formas de democracia directa o fundadas en el principio “una persona un voto”; no construyó organismos electos y revocables, sino que se vió obligada a confiar en plataformas de siglas organizadas.

La centralidad electoral también ha tenido como consecuencia la centralidad del líder que ha caracterizado este partido. El esquema mantiene una continuidad total con la historia de tantos partidos comunistas de origen terzointernacionalista. Togliatti fue un jefe absoluto al igual que Stalin, Mao o incluso Fidel Castro. Aunque en estos casos se da un halo de heroicidad que se desprende de episodios trágicos y totalizadores como la guerra y la revolución. En el caso de Rifondazione no hay grandes dramas que justifiquen una centralidad tal del líder, sino tan sólo factores más prosaicos. Ante todo una continuidad nostálgica con un viejo pasado, ese “reconstruyamos el PCI” que ha animado a gran parte de los fundadores y sobre todo a gran parte del grupo dirigente y que ha dado vida a automatismos naturales. Las rosas rojas al secretario que acaba de concluir su intervención en el palco, llevadas por la muchacha de turno, el privilegio de la retribución parlamentaria no cedida al partido, las reverencias sagradas. Todo ello gestos heredados de una historia superada y que no pocos males ha ocasionado en el modo en que se construía el partido. Un partido en el que la voz del “jefe” se ha convertido en la pantalla tras la cual, por ejemplo, han madurado posicionamientos interesados. Y esto sin contar el efecto de retorno que un ritual semejante puede tener sobre el sujeto destinatario de tantas atenciones.

Junto a este efecto de inercia se ha verificado otro debido a la situación de crisis y de resistencia en la que se ha vivido el proceso, en una Italia dominada por la arrogancia y por la voracidad de un capitalismo que intentaba sobrevivir en las mejores condiciones en la nueva competiencia global. Refundazione tuvo que combatir en dos frentes: contra el capitalismo, su enemigo natural, y contra la izquierda de gobierno que la empujaba a contorsiones continuas. Por consiguiente, una presión durísima, un contexto difícil caracterizado por la dispersión de la fuerza de trabajo, por la complicidad de los sindicatos de concertación con la patronal, por las abjuraciones y el aislamiento político.

En tiempos retroceso estructural de la fuerza obrera y de aislamiento ideológico, cerrar filas en torno al líder, sobre todo en la medida en que era un gran comunicador y un resuelto combatiente en campo adverso –por ejemplo el estudio televisivo- constituye un antídoto emotivo y pasional, un antídoto contra el sentimiento depresivo provocado por la dificultad cotidiana de hacer política. Un reconocimiento concedido incluso por la sociedad o por los propios adversarios: ¿cuantas veces hemos oído decir “no estoy de acuerdo con vuestras ideas pero debo decir que aprecio vuestra coherencia y vuestra forma de argumentar”, cuando esa coherencia y esos argumentos eran escuchados en la tele por boca de Fausto Bertinotti? Una identificación colectiva, un sentimiento de reacción capaz de alimentar una euforia generalizada que, conforme proseguían las dificultades para hacer política y la degradación de la sociedad italiana, no ha hecho más que crecer hasta alcanzar niveles embarazosos.

En fin, hay un aspecto ligado justamente al electoralismo. Si tu representante máximo funciona, es eficaz, incisivo y bueno a la hora de ganar debates, ello se traduce en un consenso electoral sobre el que tu partido se ha proyectado y al que es muy difícil renunciar. “Equipo que gana no se cambia”: mientras se alcanzaban los resultados electorales no hubo ninguna crítica en Rifondazione Comunista a Bertinotti y el bertinottismo –exceptuando las oposiciones internas-. Cuando los resultados ya no llegaban incluso Bertinotti cayó en disgracia.

Pero Rifondazione podría haber construido otro modelo de partido, un partido que privilegiase la actividad social y no la institucional, que limitara la preocupación por recoger carnets de afiliación formal, que valorizara la presencia juvenil, que fuera más acogedor para las mujeres, que organizara su intervención en base al número de luchas sociales en las que participaba y apoyaba y no sobre las expectativas de voto.

Y luego, Rifondazione podía hacer realmente una “refundación comunista”. Plantear el debate sobre la cuestión del fracaso histórico del comunismo realmente existente y profundizar en ello desde le punto de vista del propio proyecto histórico. Un trabajo de reconstrucción basado en la confrontación de ideas honesta y leal, sin prejuzgar su desenlace.

Se podía volver sobre el estalinismo, sin voluntad de buscar un ajuste de cuentas con otras sensibilidades internas del partido, sino reexaminando los pasajes cruciales en los que el estalinismo pudo vencer, “las bifurcaciones de la historia” en las que se podrían haber construido otros caminos adoptando una reconstrucción contrafactual.

Se podrían haber sacado a la palestra las culturas políticas del mejor marxismo, de Lenin, Gramsci, Trotsky, Luxemburg, pero también de Benjamin, Guevara y tantos otros para intentar llegar al fondo del asunto y entender lo que conservan o no de positivo sus consistentes elaboraciones. Sobre el desencadenamiento del No en la Conferencia de Bolonia y del rechazo del giro de Occhetto se ha pretendido no entender hasta qué punto la cuestión comunista era replanteada y reexplicada a la sociedad italiana. En cambio, ha parecido que cultivar la reliquia era suficiente para reunir a los fieles y continuar impertérritos.

 

Cuando Bertinotti entendió este límite y empezó a buscar la “innovación”, ésta parecía más una provocación intelectual que una pista de investigación ofrecida a todo el partido, más una exteriorización extemporánea que un compromiso serio y concreto. El problema es que el esfuerzo que ha animado a gran parte del grupo dirigente bertinottiano ha parecido carecer de una coherencia interna y una meta precisa. Parecía que se buscaba innovar y rejuvenecer para liberarse del término, del nombre, comunista, sin identificar y profundizar en “la cuestión”. Una tentativa ecléctica y no fundada. Ni tan siquiera con la introducción del debate sobre la noviolencia se ha dado en el blanco, ya que era demasiado cercano al giro gubernamental y demasiado distante de una discusión de fondo y sensata sobre los avatares y los destinos del comunismo.

Intentemos imaginar la potencia evocativa que una reflexión de fondo sobre la historia del estalinismo podría haber generado en el curso de 1995, en el año del enfrentamiento con el gobierno Dini, de la defensa de las pensiones y del conflicto obrero en general. ¿Realmente los acontecimientos del 68, la soledad de Praga, la desbandada maoísta de la nueva izquierda italiana… inhibían una iniciativa tan disruptiva? ¿Y qué habría significado, para el cuerpo de un partido que todavía estaba en fase de lanzamiento, profundizar en la categoría de revolución y agitar su cuerpo militante, no sobre disputas de capilla o sobre el papel de los equipos dirigentes, sino sobre el análisis histórico y político?

No estamos diciendo que Rifondazione hubiera podido convertirse en un partido revolucionario inédito, sino que, para dar voz a sus propias pretensiones, podía ciertamente reforzar su propia identidad anticapitalista reuniendo en su seno tanto tesis reformistas como tesis revolucionarias, pero manteniendo puntualmente una independiencia de fondo de las fuerzas moderadas, huyendo de la vocación de compromiso con el gran capital italiano y europeo y trabajando por una perspectiva de largo plazo.

La cuestión es que, si realmente existía una potencialidad, la misma que ha llevado al PRC a superar los tres millones de votos, a convertirse en un actor relevante de la escena política, ésta necesitaba “la audacia y el acrobatismo” de un grupo dirigente que realmente hubiese reflexionado sobre sí mismo y su propio pasado. Que estuviera a la altura del espíritu refundador, que comprendiera que refundación equivalía a discontinuidad y no a restauración. En realidad, todo el grupo dirigente del PRC ha sido incapaz de ajustar cuentas con la instalación en el “compromiso” en que se ha formado, ya proviniera del PCI o de DP (Democrazia Proletaria). Hemos podido constatar una propensión “dinámica” y “conflictiva”, táctica o estratégica, de esta hipótesis, pero la perspectiva de fondo del gradualismo y del compromiso social nunca se ha puesto realmente en discusión. Ni tan siquiera, como hemos visto, en el, por lo demás, importante congreso de 2002. No es casualidad que el debate interno se haya concentrado exclusivamente en la cuestión del gobierno: con los Progresistas en el 94, el Olivo en el 96, larga pausa desde el 98, subrogado por el debate relativo a las diversas elecciones locales y luego de nuevo con l’Unione en 2006. Y no se puede reconducir todo a la obsesión berlusconiana porque en el 94 la perpectiva es claramente de gobierno y no de contención de las derechas, en el 96 la negativa se convierte rápidamente en una rendición para acceder al gobierno con escisión relativa y lo mismo ocurre de nuevo en 2006, cuando “la alternancia es propedéutica para la alternativa”.

Así pues, el quid de la cuestión sigue siendo la estrategia de conjunto, lo que informa los actos complementarios, prepara los instumentos, perfila las alianzas. Una estrategia reformista era incompatible con las leyes internas del PRC, cuya navegación no podía ser otra que a contraviento y empujada a los márgenes de la política en busca de un viento tan difícil como vital.

 

El grano y la paja

Las potencialidades hasta aquí descritas estaban presentes en el cuerpo real e intelectual de un partido que ha vivido relevantes contradicciones internas. La más potente –seguir siendo una anomalía del sistema o integrarse en el marco político- explota violentamente con la escisión cossuttiana de 1998: por una parte la paja gubernamentalista que da vida al PCdI, por la otra el grano refundador que se mantiene en el PRC. Pero la separación de los dos elementos no fue fructífera, y no sólo porque Rifondazione acabó contrayendo de nuevo la enfermedad. El enfrentamiento del 98, la escisión, la caída de Prodi parecían reducir los ingredientes complejos y contradictorios que hasta entonces habían alimentado la empresa. Sostener el gobierno y luego derribarlo, radicalizar el lenguaje e inflar el aparato institucional, construir una diarquía amorosa para luego acuchillarse en plaza pública. Son elementos que contrastan entre sí y que deberían haberse discutido en profundidad para alcanzar una síntesis de las diversas sensibilidades y perspectivas que consolidara el proyecto de conjunto. Y, en cambio, se llega a una ruptura que es ante todo de aparato y que es mimetizada durante más de un año por el ritual del partido en lugar de dar vida a un amplio y formativo debate democrático. Y así sucede que instancias moderadas se quedan con quien rompe con el gobierno y reductos radicales e irreductibles se van con la escisión. La primera refundación acaba así, con la imagen de Cossutta y Filiberto que en los escaños de Mintecitorio (el Parlamento italiano) se abrazan y se besan sobre la cabeza gacha de un Bertinotti repudiado. El episodio acaba con la imagen de dos partidos comunistas que se disputan el voto en las elecciones europeas. Acaba con la desmoralización de un cuerpo militante que había brindado su disponibilidad aportando la robustez adquirida en los años 70 y que en adelante estará siempre más cansado, silencioso, distante y ausente. El testigo pasa a una generación más joven, a una nueva historia. La “fuerza propulsiva” de la refundación como hipótesis de “reforma”, por citar la expresión de Bertinotti, se agota en este pasaje y en adelante la cuestión se plantea en los términos de una reconstrucción semántica. Aquí estamos de acuerdo con Bertinotti cuando sostiene que “Rifondazione ha tenido una ocasión histórica que ha abierto una esperanza. Esta esperanza ha sido el movimiento antiglobalización”. También estamos de acuerdo cuando añade, “no nos hemos sentido capaces de dar un paso extremo que nos llevara a la organización de la política trascendiendo totalmente la tradición comunista, algo que nos habría permitido superar el impasse en el que estábamos”. Y así son dos las ocasiones que se han perdido, la Refundación ha fallado dos veces: en el desarrollo del lanzamiento inicial y en el salto hacia una nueva formación política.

Algunos de nosotros habíamos sostenido esta tesis en 2001, en 2002 y de nuevo en 2003, como hemos visto en las crónicas precedentes. Pero, justamente, a Rifondazione como tal no se la ha oído. Hubo un momento en que Rifondazione tuvo dos posibilidades: o bien entender el nuevo protagonismo de movimiento y ofrecer a sus militantes la ocasión de una nueva participación política radical y anticapitalista o bien aceptar la oferta que venía del Manifesto, de l’Associazione per il Renovamiento Della Sinistra, quizás también de la izquierda DS (Democratici di Sinistra, ex mayoría del PCI) de crear una organización más amplia, más incisiva –el 13% del que hablaba Magri en el artículo de despedida de la Revista del Manifiesto- capaz de condicionar por la izquierda a la DS. Rifondacione no optó por ninguna de las vías y teorizó la autosuficiencia, aunque fuera en la versión animada por la etiqueta Sinistra Europea (Izquierda Europea). Al final, ni siquiera esta opción tendrá aliento, puesto que ya habrá consumado todo su recorrido.

El movimiento antiglobalización ciertamente no se ha mitificado: constituyó una llamarada política que brotaba del espacio liberado por el fracaso de la izquierda de gobierno y por la contestación crítica a la globalización que atravesó el mundo entero. Pero en su capacidad propulsiva ha aludido a una refundación de la política y de la izquierda, a poco que ésta hubiera sido algo más valiente. La superación de la tradición comunista era necesaria entonces, ya que habría tenido lugar en la onda de una radicalización de masas y por tanto con un signo distintivo, una salida por la izquierda y no una abjuración. Una operación compleja, ciertamente, que hubiera lacerado de nuevo al PRC, probablemente hubiera insistido de nuevo sobre aquella separación entre el grano y la paja, pero, al fin y al cabo, una operación animada desde un aliento internacional y ya no meramente resistencial. La ruptura, en cambio, sólo se había aplazado, animada por las ruinas, declinada sobre un discurso vacío y privado de futuro: la defensa de la identidad comunista, por un lado, y un vago novismo (un culto a la novedad), por otro. La política es casi sólo cuestión de tiempos: una buena línea política demasiado anticipada o un retraso se convierte rápidamente en una mala política. Rifondacione nació en el tiempo justo, en oposición a la liquidación del PCI, pero en pocos años extravió su camido. Ha centrado de nuevo el tiempo de la crítica a la globalización, pero no lo ha dilatado hacia una nueva empresa.

Y hoy nos encontramos aplastados por tantas derrotas a la espalda y huérfanos de los instrumentos de los que nos habíamos dotado para salir airosos del “corto siglo XX”.

 

De vuelta al siglo XIX

Un nuevo comienzo, si es que encuentran las fuerzas y las ideas para proyectarlo, debe imaginarse en el campo largo de una “lenta impaciencia”. Ésta tendrá necesidad de un armazón estratégico, de una robustez ideológica que a Rifondazione siempre le faltó. No se nos permitirá la impaciente emotividad que ha caracterizado la historia del PRC, la superficialidad analítica que el entusiasmo vital y militante del pueblo de Rifondazione hacía posible. Tampoco servirá abanderar una continuidad con un “pequeño mundo antiguo” ya consignado al archivo de nuestra memoria. Si comunista debe ser la mirada, la empresa deberá asumir la forma que los tiempos y la historia le conferirán. Sabiendo que la sustancia del objetivo es garantizar una nueva amalgama entre las ideas del marxismo crítico y el nuevo devenir de la lucha de clases.

Un partido comunista, en Italia, ha consumido su tiempo, ha aportado las pruebas que podía dar y la réplica difícilmente se sustraería al peligro de la farsa. Las diversos papeles han sido recitados por todos, incluso por los opositores, y el “público” ya tiene necesidad de una nueva representación. La necesidad de un partido es una conquista que no sólo no abandonamos sino que se refuerza con la radiografía de las nuevas complejidades. Un partido como instrumento colectivo y no como “iglesia”, portador de una memoria y de una conciencia colectiva, capaz de “comprender el mundo” pero claramente respetuoso de una democracia de los sujetos de la transformación, condición esencial para imaginar una alternativa sistémica. Cómo deberá llamarse este partido y denominar la empresa será algo que deberán decidir los sujetos que se comprometan a ello, pero si el nombre viene antes que la cosa, por parafrasear al Occhetto del giro, la empresa no arrancará. Si tuviéramos que definir tal proyecto libremente, sin condicionamientos de ningún tipo, no podremos más que seguir llamándolo comunista. Pero el término asume tantos y tales significados que confunde el significante restándole eficacia. No es casualidad que un debate de estas características esté delimitado a áreas socialmente ineficaces.

Hay una gran necesidad de una nueva izquierda de clase y “abandonar cualquier referencia a la idea de izquierda” no nos parece un programa mejor que el trabajo de su reconstrucción. Construirla sin una reflexión profunda sobre los errores de la izquierda histórica sería, a su vez, inútil. Para dar un paso adelante se necesitará en primer lugar pensamiento, ideas, capacidad de leer la realidad y de navegar por ella. Habrá necesidad de autonomía en relación con el capitalismo y sus mediaciones para fundar una subjetividad “escindida” del actual gobierno del mundo, libre de trucos y capaz de fundar otro orden del discurso.

Un nuevo partido de la izquierda de clase puede hacer convivir también en su seno culturas y perspectivas diversas, incluso una perspectiva reformista radical junto a una revolucionaria, pero en el marco de un anticapitalismo compartido que produzca necesariamente autonomía en relación con los gobiernos. En el fondo, el movimiento obrero, en la segunda mitad del siglo XIX, nació con partidos socialistas o socialdemócratas gestados tras la formación de ligas, cooperativas, mutualidades, que se afirmaban independientemente de la burguesía y como alternativas a ésta. Tenemos necesidad de convertir esta lección en un valiosísimo tesoro, sabiendo que la burguesía actual utiliza a más partidos y más formas de la política, incluidos los actuales partidos socialdemócratas que abandonaron hace ya mucho tiempo su alteridad.

Tendremos necesidad de democracia, entendida como cultura del conflicto e invitación a la participación y, sobre todo, tendremos necesidad de una nueva generación, no sólo compuesta por jóvenes, deseosa de reconstruir. La vieja generación política está cansada y derrotada, aunque su memoria y sus puntos de vista, cuando se ofrecen generosamente a una empresa de reconstrucción, podrán servir como punto de apoyo. Pero será una nueva generación política la que reconstruya una izquierda de clase en este país, que, aunque no sea consciente de ello, tiene una extraordinaria necesidad de ella.

 

(Traducción castellana: Andreu Coll)

 

Apéndice: una cronología política de Italia desde la Segunda Guerra Mundial

 

De la posguerra a los años 60: La Democracia Cristiana consigue imponer su hegemonía con la ayuda de la línea reformista del PCI y el apoyo de la CIA

1946 –En referéndum se vota el establecimiento de una república para suceder a la monarquía. A pesar de que fuerzas armadas dirigidas por el Partido Comunista controlan zonas significativas de Italia, en particular en el Norte, Togliatti lleva al PCI a aceptar un compromiso con los partidos burgueses- el llamado giro (“Svolta”) de Salerno.

1948 –Nueva constitución. La DC (Democracia Cristiana) gana las elecciones y gobierna Italia hasta los años 80. El PCI, aliado con los socialistas (PSI), obtiene el 31% de los votos. Estados Unidos, a través de la CIA, interviene masivamente para apoyar a la DC. Intento de asesinato de Togliatti, líder del PCI.

1964 –Muere Togliatti y el sucesor que había elegido, Enrico Berlinguer, se convierte en líder del partido. En este momento el PCI cuenta con aproximadamente 1.350.000 miembros (4,2% de la población trabajadora) y es el Partido Comunista más grande del mundo. El boom de posguerra conduce a cambios masivos en la sociedad italiana.

 

Los años del plomo- Compromiso histórico y terrorismo rojo

1969- Otoño caliente que toma el relevo del Mayo del 68 francés. Italia conoce un largo periodo de huelgas y movilizaciones sociales en muchos frentes. Emergen grandes fuerzas a la izquierda del PC. En el reflujo del movimiento una minoría significativa adopta la posición terrorista de izquierdas de las Brigadas Rojas.

1972- Giulio Andreotti (demócrata cristiano) es elegido primer ministro –un cargo que ejercerá siete veces en 20 años.

1976-78 –Los comunistas obtienen en las elecciones del 76 el 34,5% de los votos, algo que le aporta un peso institucional importante, consecuencia de la línea del compromiso histórico desarrollada por el líder del PCI, Berlinguer.

1978- El exprimer ministro Aldo Moro es secuestrado y asesinado por el grupo terrorista de izquierda, Brigadas Rojas. Se legaliza el aborto.

1980 –Un atentado con bomba en la Estación de Bolonia perpetrado por ultraderechistas provoca 84 víctimas mortales.

 

Los años de Craxi

1983- Bettino Craxi se convierte en el primer socialista en alcanzar la presidencia del gobierno desde la guerra. Maniobra exitosamente para apartar al PCI de la influencia gubernamental mientras gobierna con los cristianodemócratas. Nuevos imperios mediáticos, particularmente el de Berlusconi, se van fraguando en este periodo.

 

Cae el muro de Berlín y el PCI se escinde

1991 –Conferencia del PCI en Bolonia (“La Bologina”). Los comunistas adoptan el nombre de Partido Democrático de la Izquierda (PDS). Se forma el Partido de la Refundación Comunista (PRC) en diciembre con un tercio de la militancia que rechazó seguir al PDS de Occhetto. Sergio Garavinni (su primer secretario nacional) y Armando Cossutta son los líderes principales.

La corrupción pone a prueba y rompe a los principales partidos gubernamentales.

1992- Revelaciones sobre altos niveles de corrupción arrancan varios años de detenciones e investigaciones. Los populistas/separatistas de derechas de la Liga Norte se benefician de los escándalos de corrupción y se desarrollan rápidamente. El PRC alcanza el 5,6% de los votos y 35 escaños en las elecciones legislativas y 6,5% y 20 escaños en el senado.

1993- Un escándalo de Bribery conduce a la dimisión de Craxi como líder del Partido Socialista. La Democracia Cristiana y el Partido Socialista implosionan. Tiene lugar una recomposición política de grandes proporciones. Garavini se aparta para dar entrada a su antiguo aliado Fausto Bertinotti para que se convierta en nuevo secretario nacional.

Primer gobierno breve de Berlusconi en 1994, posteriormente de Dini y los tecnócratas hasta 1996.

1994 Marzo- La recientemente creada Alianza de la Libertad gana las elecciones. Berlusconi es primer ministro por primera vez. La coalición, que incluye al partido de Berlusconi Forza Italia, la Liga Norte y la neofascista Alianza Nacional, se hunde a finales de años debido a enfrentamientos con magistrados anticorrupción y a una batalla con los sindicatos en torno a la reforma de las pensiones.

1995-96- Lamberto Dini dirige un gobierno de tecnócratas. Presupuesto de austeridad. El PRC vota no en una moción de confianza al respecto y contribuye a derribar al gobierno. Garavini, con Lucio Magri y otros, sí vota la confianza a Dini y lidera una escisión reformista que da nacimiento al Movimiento de los Comunistas Unitarios (MCU).

 

Primer gobierno Prodi de centroizquierda de 1996 a 2000

1996- La alianza de centroizquierda El Olivo [que incluye al PDS] gana las elecciones. Romano Prodi se convierte en primer ministro. El PRC obtiene el 8,6% de los votos y apoya al nuevo gobierno.

1998-El gobierno Prodi pierde una moción de confianza tras la ruptura del PRC con el gobierno. Cossuta se niega a apoyar la línea del partido y se escinde formando el Partido de los Comunistas Italianos (PdCI).

Massimo D’Alema [del PDS, antiguo PCI] es primer ministro y la gente de Cossutta se le une. El PDS se convierte en Demócratas de Izquierda (DS) al unificarse con algunos pequeños partidos reformistas y finalmente retira la palabra socialismo y la pequeña hoz y martillo de su logo, substituyéndolo por una rosa roja.

2000 Abril – D’Alema dimite del cargo de primer ministro tras los malos resultados obtenidos en las elecciones regionales y es reemplazado por Giuliano Amato, quien dirige un gobierno de tecnócratas hasta las elecciones de 2001.

 

El retorno de Berlusconi
Segundo gobierno de Berlusconi entre 2001 y 2006

2001 Mayo/Junio- Una coalición de centro-derecha dirigida por Silvio Berlusconi de Forza Italia gana las elecciones genrales. Berlusconi forma un nuevo gobierno de coalición que incluye a miembros de dos partidos de derechas, Gianfranco Fini de Alianza Nacional y Umberto Bossi de la Lega Nord.

2002 Febrero/marzo –Controversia ante la aprobación por el parlamento de una ley que permite a Berlusconi mantener el control de sus negocios.

2002 Octubre – La cámara baja aprueba una reforma del código penal que, según sus críticos, está concebida para ayudar a Berlusconi a eludir un juicio por corrupción.

2003 Junio- El juicio a Berlusconi es interrumpido después de que el Parlamento aprobara una ley que garantizaba la inmunidad a cinco cargos públicos clave, entre otros el de primer ministro.

2004 Enero- El Tribunal Constitucional falla contra una ley que garantizaba la inmunidad de Berlusconi y otros altos cagos del Estado. El juicio a Berlusconi se reanuda en abril.

2004 Diciembre- Tras un juicio de cuatro años de duración Berlusconi es declarado inocente de los cargos de corrupción.

2005 –La coalición gubernamental se hunde tras sufrir una derrota aplastante en las elecciones regionales. Berlusconi dimite. Días más tarde, forma un nuevo gobierno tras recibir un mandato presidencial.

 

Segundo gobierno Prodi 2006 a 2008

2006 Abril –El líder del centro-izquierda Romano Prodi gana por muy poco las elecciones generales. Es nombrado primer ministro en mayo. El PRC se incorpora al gobierno, Bertinotti es nombrado presidente del Parlamento. Otros dirigentes, como Ferrero, son nombrados ministros.

2007 Febrero- El primer ministro Prodi dimite después de que su gobierno perdiera una votación en el Senado sobre la política exterior en Afganistán. Franco Turigliatto y Salvatore Cannavò, dirigentes de Sinistra Crítica y Rifondazione, fueran los parlamentarios decisivos en el voto contra el gobierno y su partido. El presidente le pide a Prodi que no dimita y Prodi plantea una moción de confianza en ambas cámaras del Parlamento. Pequeños grupos de la izquierda del PRC como el Partido Comunista de los Trabajadores (PCL) de Marco Ferrando, Sinistra Crítica y el Partido de Alternativa Comunista de Francesco Ricci se escinden en este periodo.

Diciembre de 2007- El PRC se integra en la coalición de la Izquierda Arco Iris, entre otros, con el Partido de los Comunistas Italianos de Cossutta y los Verdes. No hay acuerdo electoral entre el PRC y la DS/Centro-izquierda.

2008 Enero- Prodi pierde una moción de censura y se ve obligado a dimitir.

Berlusconi vuelve al poder.

 

Tercer gobierno Berlusconi 2008-hasta hoy

2008 Abril - Berlusconi gana las elecciones generales, asegurando un tercer mandato como primer ministro tras dos años en la oposición. Desastre para la Izquierda Arco Iris, que sólo consigue 3,1% de los votos comparados con el 10,3% alcanzado por algunos se sus componentes en las elecciones generales anteriores. Todos los parlamentarios perdieron su escaño al no superar el mínimo requerido para obtener representación. Rifondazione implosiona. Bertinotti abandona la actividad política. La fracción liderada por Paolo Ferrero consigue una mayoría precaria en el congreso de julio y se queda con la sigla. La fracción derrotada, Nikki Vendola, dirigente exbertinottiano crea el Movimiento por la Izquierda (MpS).

 

2009 Octubre – El Tribunal Constitucional falla contra una ley que garantizaba la inmunidad del premier Berlusconi mientras durara su mandato.

2009 Deciembre- El primer ministro Silvio Berlusconi es agredido en un miting en Milán. En las elecciones europeas la izquierda anticapitalista, coalición de grupos que representaba al PRC, el PdCI de Cossutta y otros tan solo obtiene el 3,4% de los votos y ningún diputado.

2010 Marzo – La coalición del primer ministro Silvio Berlusconi consigue progresos importantes en relación con el centro-izquierda en las elecciones regionales.

 

Dave Kellaway

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